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Consultas, ponencias y editorial de trabajo
En esta semana tuvo lugar en la ciudad de México un foro por demás interesante, organizado y auspiciado por México Unido Contra la Delincuencia (MUCD), organización civil que desde su fundación ha trabajado con eficacia no sólo en la atención a víctimas del secuestro sino en una miríada de temas a favor de la seguridad y la legalidad en el país.
La realización del evento sí refleja la postura de la organización respecto a la actual estrategia contra el crimen: la imperiosa necesidad de discutir alternativas. Ese fue el ánimo del foro y en él se expresaron voces de las más diversas, pero todas con profundo conocimiento del tema que abordaban.
Tuve oportunidad en una cena privada de platicar con algunos de los panelistas: académicos, médicos, abogados que han estudiado o han vivido de cerca el tema de las drogas y su impacto en vidas y en naciones enteras. Sus puntos de vista y experiencias me resultaron fascinantes. No obstante lo que más me impacto fue su visión sobre el país.
A mí entender, lo que escucharon de los expositores mexicanos en el primer día de charlas modificó su entendimiento sobre nuestra problemática. Uno de ellos afirmó, en la cena a la que he hecho alusión, que creía que México tenía un problema de drogas, pero en realidad el nuestro era un problema mucho más profundo.
Se atrevió incluso a hacer una aseveración fuerte al decir que el país está roto, refiriéndose a que las instituciones básicas de la democracia y del Estado de derecho no están puestas en su lugar. Esto es, no tenemos resuelto lo esencial. Pero también llamó mi atención la profunda preocupación con la que miran al país. La preocupación de un observador externo que a distancia alcanza a dimensionar mejor la crisis humanitaria y de seguridad por la que atravesamos. No sólo es el número de muertos, también los desaparecidos, los desplazados, las víctimas que quedan con sus agravios en el pecho porque la justicia penal no funciona. Me quedó claro que nuestra exposición cotidiana a hechos violentos nos ha engrosado la piel.
A preguntas concretas de su parte, las contrapartes mexicanas respondimos ahondando su preocupación: la infiltración del crimen en las instituciones mexicanas parece extendida; la ausencia de Estado en algunas regiones del país; los tribunales que no son transparentes y menos rinden cuentas. La reforma penal que tiene entre uno de sus propósitos hacer públicos los procesos judiciales, marcha con enorme lentitud y con resistencias dentro del sistema. La falta de convicción y el consecuente liderazgo político por parte del Presidente para empujar esta reforma y convertirla en el corazón de la transformación institucional que el país necesita. Diría yo, usando la metáfora del país roto, en uno de los basamentos para volverlo a pegar.
Pero también reconocimos avances: una reforma importantísima en materia de derechos humanos, de acciones colectivas y de amparo. Una ley de transparencia que nos ha dado un órgano garante que a nivel federal que responde a las expectativas. Organizaciones civiles activas en las más diversas arenas de los asuntos públicos. Y la creación de algunas capacidades en materia de seguridad. Tenemos algunas piezas para reconstruir nuestro contrato social, pero se quedarán en esa calidad si no se traza una agenda y una ruta de transformación política e institucional que vaya en serio, y si no existe un acuerdo fundamental entre los actores políticos de que en esa dirección debemos caminar porque la alternativa nos está enterrando, casi literalmente.
El Foro organizado por MUCD dejó mucho alimento para pensar. Habrá quienes estén de acuerdo con lo que ahí se expuso y otros que lo rechacen tajantemente. A una servidora le reafirmó la convicción de que los problemas que enfrentamos son de esencia y si no los resolvemos el deterioro será cada vez mayor. Y bajo ese crisol es que debemos mirar las propuestas de los aspirantes a la Presidencia.
El Foro de MUCD nos dejó evidencias, discusiones que ciertamente no están resueltas ni aquí ni en otro lugar del mundo, pero sí una certeza: la estrategia vigente debe transformarse. No a través de una ruptura radical que no es posible, pero sí con medidas que nos permitan resolver nuestros problemas esenciales (los políticos e institucionales sobre todo en el ámbito de la justicia), a la vez que amortiguamos los efectos de la violencia y el crimen en nuestros entornos en el corto plazo. Por más gruesa que se nos haya hecho la piel, no creo que haya mexicano dispuesto a una exposición a la violencia y el crimen por más tiempo.
*Directora de México Evalúa
