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La estrategia contra el crimen: un problema de enfoque por Leticia Ramírez de Alba, Coordinadora del Programa
31 de Octubre de 2011

Uno de los indicadores de éxito que emplea el gobierno federal en su lucha contra la inseguridad es la detención de líderes de cárteles de la droga. La consigna es ir en contra de los delincuentes. Pero, ¿sabemos quiénes son los delincuentes sóolo con verlos? ¿son de una raza especial? ¿son de otro color? ¿se comportan distinto a las personas que no delinquen? La respuesta a estas preguntas es no. Las teorías lombrosianas de los delincuentes natos hace mucho que fueron descartadas. No podemos distinguir a los delincuentes de las demás personas porque ellos también son humanos. Y eran personas comunes y corrientes hasta que cometieron su primer delito.

Calificamos como delincuentes a las personas que cometen delitos. Pero, para acabar con la inseguridad ¿tenemos que acabar con los delincuentes o con los delitos? Parece que la segunda opción es la más viable. Hay que acabar con los delitos. Por tanto, hay que atacar las conductas delictivas, no a las personas.

¿Cómo hacerlo? Cambiando el esquema de incentivos: subir los costos de cometer delitos y aumentar los beneficios de no cometerlos. El premio Nobel de Economía 1992, Gary Becker, planteó un esquema en el que la probabilidad de que una persona cometa o no un delito depende tanto de su personalidad como de las circunstancias que enfrenta.

En el modelo que propone en su artículo Crime and Punishment: An Economic Approach, Gary Becker parte de los siguientes supuestos: El crimen es una actividad económica o una “industria”; las personas cometerán crímenes si la utilidad esperada que obtienen después de llevarlo a cabo es superior a la utilidad esperada de llevar a cabo otras actividades; y la utilidad esperada de cada persona depende de la probabilidad de ser castigada, del castigo en caso de ser condenada, así como de otros factores como el ingreso que puede obtener de otras actividades (legales o ilegales), su disposición a cometer actos ilegales y su valores, entre otros.

De estos supuestos se desprende que algunas personas se convierten en criminales y otras no porque sus costos y beneficios son diferentes. La utilidad esperada de cometer el crimen disminuye cuando la probabilidad de una persona de ser condenada aumenta o la pena por cometer el crimen es muy severa; cuando las actividades legales se vuelven más rentables, o cuando la promoción del cumplimiento a la ley inhibe la disposición a cometer actos ilícitos.

En México, los incentivos están puestos para que las personas sigan cometiendo delitos. ¿Por qué? Porque la probabilidad de ser condenadas por cometer un delito es muy baja. De acuerdo con datos de México Evalúa, en México 7 de cada 10 casos de homicidio quedan sin castigo. Además, la tolerancia a la informalidad y el esquema de regulación de negocios en México provoca que las actividades legales tiendan a ser mucho menos rentables que las ilegales. Y, dado que la ley no se cumple a cabalidad, no se inhibe la disposición a cometer actos ilícitos.

¿Atrapando a los líderes de los cárteles cambiamos este esquema de incentivos? Por supuesto que no. Aunque atraparan al Chapo, las personas seguirían cometiendo delitos. El crimen no se acaba atrapando a las personas, sino cambiando los esquemas en que operan. Por tanto, algunas opciones más efectivas de combate al delito podrían incluir, además de la transformación del sistema punitivo, es decir, de las instituciones encargadas de prevenir, perseguir y sancionar el delito, el establecimiento de esquemas que mejoren las condiciones de rentabilidad de los negocios lícitos y promover su creación.