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Repantigado en el mullido sillón de su amplísimo estudio, Gil se enteró de que los diputados mexicanos son felices. Pese a que la dicha es frágil y el sufrimiento tiende a encumbrarse, al diputado mexicano le vale sombrilla y se repantiga en su curul en abierta competencia con Gamés. Entre tanto malestar, la felicidad de un grupo de legisladores alienta, abre horizontes, ilumina la noche de nuestras penas. Les debemos a María Amparo Casar e Inés Cortina esta revelación que Gil leyó en su periódico El Universal y en una nota de Lilia Saúl.
Resulta que la opacidad y la falta de rendición de cuentas en la Cámara de Diputados ha facilitado que cada legislador pueda percibir hasta 2 millones 621 mil 388 pesos al año y algún sobrante de una partida secreta de más de mil millones a cargo de los partidos políticos que nadie puede auditar. La lectora y el lector entenderán lo cerca que están los diputados y las diputadas de la felicidad, como dice el dicho: eso de que el dinero no da la felicidad es un rumor que hacen correr los ricos para que no los envidien demasiado los pobres. Dicho esto, Gamés declara: no exageren con la partida secreta, compañeros, se ve mal, chirriones.
En el estudio e investigación ¿Cómo y cuánto gasta la Cámara de Diputados? impreso bajo los auspicios del CIDE, María Amparo Casar e Inés Cortina muestran y demuestran que cada sesión de la Cámara le cuesta a las arcas públicas más de 94 millones de pesos. Pues tendrán la garganta engargolada de plata y oro, pensó Gil, y sus palabras diamantinas no tienen precio. Se sabe que las discusiones de alto nivel no son gratis, que el debate en beneficio de la República tiene un costo, no seamos roñosos con esos hombres y esas mujeres que se han deslomado por el bien de la nación. La verdad es que estos diputados que no dan golpe cobran como si hubieran legislado intensamente y hubieran llevado adelante las famosas reformas. Por cierto, corrijan a Gilga: los diputados ocupan un lugar en la Cámara gracias a los votos que los ciudadanos depositaron en las urnas ¿correcto? Al parecer no, pues cada quien hace lo que se le da su regalada gana.
Gil ha oído a voces autorizadas que afirman que son los únicos diputados que tenemos y ni modo. Pues qué desgracia que hayamos tirado a la basura nuestros votos. Gamés no recuerda que en alguna ocasión un diputado haya tocado a la puerta de su casa. Es más, Gil ignora el nombre del diputado que le corresponde, o como se diga. No han podido ir al amplísimo estudio porque están haciendo la cola en la ventanilla para cobrar su dinerito.
La investigación de Casar y Cortina informa que un diputado gana 218 mil 449 pesos al mes. Pas mal. Para boletos de avión, los más de 300 diputados que viven a más de 300 kilómetros a la redonda, cuentan con una bolsa de más de 88 millones de pesos que se reparte entre ellos. Trabajar cansa, compañeros, y viajar cansa todavía más. Cada día laboral de la Cámara cuesta 25 millones de pesos. Lo bueno cuesta, o qué, ¿hay que legislar gratis? Los 5 mil millones de presupuesto de la Cámara se manejan con una discrecionalidad de escándalo. Conclusión: todo mal, nuestros diputados son caros, ineficientes y viven felices.
