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Austeridad, ¿en serio? por Juan Ciudadano
11 de Diciembre de 2006

A quienes, en su calidad de servidores públicos, dominan los laberintos burocráticos a través de los cuales se ejerce el gasto público, probablemente no les preocupen las promesas de austeridad del Presidente Felipe Calderón.

Ernesto Zedillo, habiéndose iniciado como Presidente con la crisis del 95 a cuestas puso la austeridad y el control del gasto como prioridades de su Plan Nacional de Desarrollo.

Vicente Fox, habiendo tomado la Presidencia tras siete décadas de un dominio priista basado en parte en la expansión del gasto público atendiendo a criterios clientelares, la sentía fácil para cortar gasto de manera drástica.

Ni uno ni otro lo lograron.

No es que sea imposible cortar gasto público y evitar el dispendio. Se puede, siempre y cuando además del deseo de imprimir un sentido de austeridad en la administración de los recursos públicos, se esté dispuesto a apretar una pinza cuyas tenazas son simplificación administrativa y transparencia a fondo.

Sin estos dos elementos, los deseos e incluso las órdenes del señor Presidente son fácilmente burladas, cambiándoles el nombre a las partidas, dividiéndolas, juntándolas, creando fideicomisos, desapareciéndolos y un largo etcétera.

La simplificación administrativa empieza por diseñar presupuestos buscando que sean fácilmente descifrables por el común de la gente y, en el ejercicio del gasto, exige eliminar pasos y candados en cada trámite que fueron creados para evitar corrupción, pero que terminaron incentivándola.

En materia de transparencia no se puede negar el avance a partir de la aprobación de la ley en la materia, pero el quedarnos ahí no alcanzó para hacer de la apertura informativa un muro de contención contra el dispendio.

Para que la apertura se transforme en antídoto contra el gasto superfluo, es preciso que sea visto por quienes encabezan la administración pública federal no sólo como un derecho ciudadano con el que hay que cumplir, sino además, como una estrategia de política pública para el logro de objetivos como el combate a la corrupción y el control del gasto público.

El uso de la transparencia como herramienta de política pública implica que, además de permitir el acceso a documentos oficiales, que tal como existen son muchas veces incomprensibles, el Gobierno trabaje en el diseño de reglas de presentación de la información a través de formatos sencillos, por haber sido diseñados pensando en las posibilidades de vigilar el gasto por cualquier ciudadano.

Durante la administración del Presidente Vicente Fox nos quedamos lejos de esta visión instrumental de la transparencia.

Por eso, según diferentes indicadores, ni la corrupción cedió ni el gasto público tuvo ajuste a la baja: aumentó el número de burócratas en 150 mil, aumentaron las plazas de alto nivel, aumentó el gasto corriente y, en particular, aumentó el gasto en servicios personales, mientras que el dispendio escandaloso en paraestatales como Pemex siguió exactamente igual.

La promesa incumplida de disciplina en el gasto por parte del Gobierno federal fue mal ejemplo para el resto de los Poderes y para muchos Estados en los que el dispendio fue también notable.

Terminamos el sexenio con un descontrol sobre el gasto público en todos los frentes, entre el cinismo de Gobernadores que se asignaron sueldos fuera de todo parámetro y el engaño burdo de los magistrados del Trife que crearon un fideicomiso para triangular jugosos fondos de retiro pretendiendo que nadie se diera cuenta.

Una idea fácil de implementar en el espinoso tema de las remuneraciones a servidores públicos, en el que el ciudadano una y otra vez se siente engañado, es aclarar desde el principio de cada gestión cuánto es lo que ganarán los funcionarios de cada nivel, a través de los diferentes conceptos de remuneración y a lo largo de todo su periodo.

De la misma manera, sería útil que una vez identificada la ubicación de cada fondo de entre los que se logrará el recorte de 25 mil 500 millones de pesos anunciado por el Presidente Felipe Calderón, se haga pública la descripción de cada rubro para evitar que el gasto superfluo supuestamente desaparecido resucite por otro lado.

Transparencia activa, en lugar de la transparencia pasiva con la que actualmente contamos puede ser la innovación del Presidente Calderón si quiere escribir una historia distinta a la de Zedillo y Fox en materia de control del gasto.