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Consultas, ponencias y editorial de trabajo
Mi amiga, asesora de imagen y biógrafa no autorizada, quien de manera involuntaria se ha convertido en personaje regular de este espacio, me compartió los surrealistas detalles de la última fiesta de cumpleaños a la que asistió.
Su prima, me relata, organizó un convite con la temática de Spiderman, que es el héroe en turno de su pequeño hijo.
Las invitaciones, el pastel, la decoración, todo giraba en torno al arácnido. Aquello parecía el cumpleaños de Peter Parker.
Los padres anfitriones no escatimaron en gastos y contrataron para la ocasión entretenimiento infantil que incluía, claro está, la actuación de un actor caracterizado como el Sorprendente Hombre Araña.
Mi cuata, que no es particularmente proclive a las convivencias (y menos cuando de lidiar con infantes se trata) estaba a un paso del paroxismo abúlico cuando anunciaron la inminente presencia del enmascarado trepamuros.
"Ilusa yo, hasta volteé hacia arriba", recuerda. "Pensé que cuando menos se presentaría descolgándose de alguna parte. No, el tipo salió caminando por la puerta que da al patio, como quien viene de comprar más hielo y refrescos".
Tal vez arriesgar el físico con alguna hazaña acrobática tenía un costo muy elevado, no sé. Lo que mi amiguita no perdona es la poca gallardía de la encarnación tercermundista de "Spidey".
"¡N' ombre! El traje le quedaba guango por todos lados, sobre todo del trasero, donde el vacío era mucho más evidente. Nada que ver con Tobey McGuire, por supuesto", (mi amiga dijo esto último entrecerrando los ojos).
Para colmo, la "gran proeza" del invitado especial fue encender una grabadora y pegarle muy sabroso al "baile del tubo".
Al compás de "Ma-yó-ne-sa..." y auxiliado para ello con un globo fálico (que no es lo mismo que un "globalifóbico"), el Fulano Araña demostró que como superhéroe dejaba mucho que desear, (como stripper también aunque con algo de camino aventajado).
Mi comadre, que es particularmente sensible a las demostraciones de patetismo nacional, no supo si llorar de risa o de pena por el estrafalario país en el que le tocó nacer.
Muy cierto, aunadas a los incontables motivos de orgullo que tenemos para ufanarnos de nuestra nacionalidad, existen igual número de razones para renegar de nuestra identidad, casi todas emparentadas con el escaso decoro al que nos orilla nuestra pobreza, tanto económica como intelectual.
Alguien me dijo que el asunto de la transparencia no es un tema en el que la gente se interese mucho en realidad, que está sobreagendado, inflado por la prensa.
¡Totalmente de acuerdo! Al grueso de los ciudadanos le resulta una cuestión de poca importancia, mas no porque no la tenga, sino porque no ha recibido información suficiente respecto al impacto que tendría en su calidad de vida.
De allí que tengamos gobiernos que presumen como logros trascendentes cuestiones tan elementales como la pavimentación o la introducción de servicios básicos.
Y al no ser la transparencia un bien tangible (como la infraestructura básica), si el Gobierno marcha hacia atrás en su consecución, la gente no lo percibe así.
El pueblo aplaude una calle recién asfaltada porque la ve, camina sobre ella; pero ignora si restringen sus derechos en materia de información pública porque es probable que ni siquiera sepa de lo que se trata.
Si todos comprendiéramos la relación entre la transparencia y el ético ejercicio del poder, estaríamos entregados a alcanzar niveles de desarrollo muy elevados, y no atascados como estamos en cuestiones tan básicas como el combate a la marginación (esto vale para todo México).
El golpe que se le asesta a la transparencia en Coahuila con las modificaciones al artículo 49 de la Ley del ICAI tiene un sinfín de consecuencias y repercusiones funestas en las que, siendo honestos, la gran mayoría ni siquiera reparará.
La mayoría seguirá evaluando a sus gobernantes con base en las obras de infraestructura básica que realicen, no tanto en la medida que aquellos impulsen verdaderos motores del desarrollo y buen gobierno como podría ser la transparencia.
¡Qué chafa! Chafísima como aquel Hombre Araña que amenizó la fiesta del sobrino de mi cuatacha.
