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Consultas, ponencias y editorial de trabajo

Riesgos en la auditoría superior por SAMUEL GARCÍA
17 de Septiembre de 2009

En las próximas semanas, se librará una batalla crucial

en el Congreso. No solamente se trata del presupuesto

de gasto para 2010 o la definición de la tan debatida

ley de ingresos para el próximo año que incluyen los

polémicos incrementos a los impuestos en medio de la

crisis económica.

También la lucha política por venir se dará por la

renovación de posiciones clave en organismos y poderes

autónomos como la Comisión Nacional de los Derechos

Humanos, el Instituto Federal Electoral, el Banco de

México y la Auditoria Superior de la Federación, ASF.

En esta última el auditor superior, Arturo González de

Aragón, concluirá a finales de 2009 su periodo de ocho

años y la Cámara de Diputados deberá decidir, por dos

terceras partes, si reelige a González de Aragón por un

periodo de 8 años más hasta el año 2017, como lo

permite la ley; o designa a un nuevo auditor superior

antes de que concluya el actual periodo de sesiones el

próximo 15 de diciembre. González de Aragón ha sido el

primer auditor superior desde que se aprobó la Ley de

Fiscalización Superior de la Federación en el año 2000

elevándola a rango constitucional.

El avance en la fiscalización de los recursos públicos

y en la rendición de cuentas a partir de la

promulgación de la Ley y con su puesta en práctica por

parte de la actual auditoria superior, ha sido notable.

Ismael Gómez Gordillo, ex subsecretario de egresos de

Hacienda se lo dijo así a El Semanario: "Es como si al

Estado Mexicano se le hubiera colocado en una caja de

cristal para conocerlo". Es una exageración pero no

cabe duda que uno de los logros más notables de

González de Aragón en estos años ha sido la

credibilidad basada en la neutralidad de su actuación

en el cargo. Cuestión harto compleja en medio de un

ambiente político permanentemente crispado y azuzado

por el natural cruce de intereses político-económicos

que se erigen en verdaderas murallas para el avance de

la rendición de cuentas. Allí quedan muestras del

trabajo de la auditoria superior en asuntos como el

escándalo de desvío de recursos públicos en el llamado

Pemexgate, la privatización de Ocean Garden o el manejo

tramposo de los recursos con los Derechos de Trámite

Aduanero; casos que significaron verdaderas batallas en

su momento para vencer las poderosas resistencias.

Los avances saltan a la vista, pero efectivamente las

resistencias y los intereses opuestos también son

muchos. Con todo lo logrado en estos años, la opacidad

en el manejo de los recursos públicos continúa siendo

un tema pendiente en México a tal grado que el país

sigue rezagado en los indicadores internacionales en

esta materia, incluso colocado en los últimos lugares

en la zona de América Latina.

La lucha por un ejercicio transparente de los recursos

públicos y por la rendición de cuentas apenas ha dado

sus primeros pasos en estos años y la ASF es clave para

consolidar este proceso.

Por eso es que vemos un riesgo real de retroceso con el

cambio de estafeta en la Auditoria Superior de la

Federación. Las venganzas y los rencores personales

podrían anteponerse a la importancia de fortalecer a la

ASF en su independencia, neutralidad y eficacia para

prevenir los actos de corrupción. Pero también —y es lo

más delicado— el nombramiento del nuevo auditor podría

convertirse en una "moneda de cambio" de la negociación

política en materia presupuestal. Y eso sería una

pésima noticia para la lucha en contra de la corrupción

y una estocada para el avance de la democracia.