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Hay muchos libros de economía que explican cómo países pobres se han transformado en naciones desarrolladas. Corea, Chile, España, Irlanda y Japón son los ejemplos favoritos cuando se quiere probar que un país fregado se puede convertir en una potencia económica. China e India son los nuevos sospechosos comunes para demostrar que la miseria no es una condena irremediable. Estos casos tienen una narrativa común: el gobierno y la clase política tomaron decisiones que permitieron transformar el destino de sus habitantes. Todas estas historias tienen un final feliz que podría llevar un título de telenovela: "De la miseria a la prosperidad".
Pocos economistas se atreven a contar el cuento al revés: los países cuya riqueza se transformó en penurias sin remedio. Vito Tanzi, ex director de asuntos fiscales del Fondo Monetario Internacional, decidió narrar una historia incómoda sin conclusiones amables: "Argentina, cómo una de las naciones más prosperas del mundo perdió su riqueza". Durante la primera mitad del siglo XX, Argentina era una de las naciones más ricas del planeta. Emigrantes de Italia y España vieron a la nación sudamericana como una tierra de abundancia y progreso. Millones dejaron el viejo continente para buscar fortuna a las orillas del Río de la Plata. Hace 100 años, la patria de Gardel y Maradona tenía el 50 por ciento del PIB de América Latina. De sus puertos salía el 7 por ciento de las exportaciones globales. Era la décima economía más grande del planeta, hoy es la número 30. Como esas familias de hacienda y alcurnia que acaban en la ruina, Argentina perdió su estatus aristocrático para sumarse a las filas del subdesarrollo. El economista del FMI sospecha que ese trauma de empobrecimiento colectivo haya causado que Buenos Aires sea una de las ciudades con más psicoanalistas por habitante.
Desde Evita Perón en los años cincuenta hasta la Presidencia de Fernando de la Rúa en los albores del siglo XXI, Vito Tanzi encuentra una constante: al gobierno argentino no le alcanzan los impuestos para pagar sus promesas: "Es un país que recauda como Haití pero gasta como Europa". Argentina padece un déficit fiscal crónico desde hace varias décadas. El gobierno no puede reducir sus gastos y no convence a la sociedad de pagar nuevos impuestos. Para financiar el agujero, los gobiernos Argentinos viven de pedir prestado. Como el dinero no alcanza, los servicios públicos clave, como la educación o la salud, se han deteriorado gradualmente.
Los factores que han hecho imposible balancear las cuentas del erario argentino son las nóminas abultadas y el gasto corriente de las autoridades estatales (provinciales). El gobierno federal tiene la obligación de transferir el 50 por ciento de impuestos a los gobernadores provinciales, quienes son buenos para gastar pero malos para recaudar. La debilidad política de la autoridad central no ha podido imponer límites razonables a los presupuestos estatales.
Hay suficientes similitudes entre Argentina y México como para perder el sueño. Aquí también recaudamos como en Haití, pero gracias al petróleo logramos equilibrar cuentas y financiar despilfarros. El problema es que el oro negro se está acabando. El presupuesto de 2010 vendrá con un agujero fiscal. Ese hoyo negro crecerá en el 2011. Tapar el boquete causará tensiones políticas e inestabilidad. La disputa por los recursos fiscales, entre los gobiernos estatales y la Secretaría de Hacienda, será un foco de conflicto permanente. Para cobrar impuestos se requiere de legitimidad. ¿Me van a descontar más dinero de mi quincena para pagar la nueva cirugía plástica de Elba Esther, el reloj de Romero Deschamps, el infomercial de Peña Nieto, el call-center de Felipe Calderón y la próxima gira del Peje? Un cambio profundo en el ejercicio del gasto público no es una alternativa obligatoria. Siempre nos quedará abierta la opción de tomar la ruta hacia la pobreza.
